lunes, 14 de julio de 2014

Recordando más y más

(Anecdotario)

Angelina Díaz Pamplona Vda. de Valverde

NAVEGANDO HACIA ACAPULCO

Hasta los años treinta hubo una ruta marítima entre el puerto de Acapulco y la Barra de Tecoanapa, y ahora que tengo consciencia plena de la fragilidad de los barcos que hacían la travesía, me aterra imaginar el peligro al que nos exponíamos quienes viajábamos en ellos.
En mis largos años de ir y venir a la Ciudad de Chilapa, a donde desde que tenía la edad de siete años, dispuso mi padre que fuera a estudiar la Primaria, conocí todos los medios de transporte de los que se podía disponer entonces en la Costa Chica.
El primer año que salí de mi pueblo, recuerdo que viajamos por tierra, es decir, salimos a caballo de Ometepec a Juchitán, cruzamos por Azoyú, San Luis Acatlán, Ayutla, hasta llegar a Tierra Colorada, que era hasta donde llegaban las bestias en las que íbamos los viajeros. Nuestra comitiva era de por lo menos diez personas.
Mi padre se preocupaba porque me acompañara siempre una tía muy querida por todos nosotros; ella se llamaba Isaura Escudero, y era hermana de mi abuela paterna, a la que ya no alcanzamos a conocer. Pero nuestra tía Chaguita, como la llamábamos cariñosamente, siempre fue muy tierna; ella era la abuelita de nuestros primos Díaz Guillén.
Pues bien, mi tía Chaguita era muy apreciada por mi padre, al igual que sus hermanos mayores quienes radicaban en Chilapa: don Leopoldo Díaz Escudero, quien fuera Obispo de esa Diócesis y Ángel que era Canónigo. Vivían con ellos dos hermanas: la mayor que era viuda, y la menor que era soltera, además, aunque no en la misma casa, había otro hermano casado de nombre Pedro y quien fuera papá de mis primos los Díaz Garzón.
Por todas estas razones don Domingo, mi padre, prefería que nuestra educación fuese allá, al lado de los suyos, quizá por considerarla mejor. Y como para mis tíos Díaz Escudero, era una persona muy querida la tía Chaguita, con gusto la invitaba mi papa, no sólo para que me sirviera de compañía, sino para que se pasara una buena temporada allá con sus sobrinos de Chilapa.
Decía yo, que la comitiva que partía el día que salíamos de viaje era grande entre familiares y mozos. Mi hermano mayor, Humberto, que tenía dos años estudiando en Chilapa cuando yo me fui por primera vez, conocía ya de cabo a rabo lo que eran estos viajes. Yo conocí primero el camino de herradura hasta Tierra Colorada. De ahí se regresaban los mozos con las bestias a Ometepec, y nosotros seguíamos a Chilpancingo en destartaladas e incómodas camionetas, con improvisados asientos duros, tal y como son ahora los asientos de las camionetas permisionarias que cubren la ruta de Ometepec con las comunidades vecinas.
Yo me sentía muy feliz cuando por fin dejábamos la camioneta, porque eran un verdadero tormento ir rebotando en esas tablas duras.
Ahí en la ciudad capital teníamos que esperar, mientras se avisaba por telégrafo, que ya nos encontrábamos en ese lugar. Nuevamente continuábamos nuestro camino en bestias, aunque lo bueno de esta jornada era que ya solamente duraba un día.
Al año siguiente, dispuso mi padre que viajáramos por mar, por lo que le pidió al señor Larumbe 8que era el encargado de la bodega en La Barra donde descargaban los barcos) cuando sería la próxima llegada del barco a La Barra de Tecoanapa.
Cuando le avisaron que en breves días zarparía una de esas naves y que deberíamos estar listos, porque eso sí, los barcos esos tardaban en llegar a La Barra, pero la misma noche del día en que llegaban, regresaban a Acapulco.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario