(Anecdotario)
Angelina Díaz Pamplona Vda. de Valverde
Pero no todo era diversión en la feria de Semana Santa, sino que también tenía su lado triste pues hasta los años cincuenta, en cada feria de la semana mayor, siempre había dos, tres y hasta cinco asesinatos en esos días y principalmente en los días en los días grandes y en los que se debería tener mayor recogimiento, como el jueves y el viernes santo. Pareciera ser que quienes tenían deseos de venganza, o de saciar sus instintos criminales, aprovechaban la multitud para cometer sus crímenes. Llegó esto a ser tan cotidiano, que hubo años en los que cuando nada pasaba, surgían estos comentarios ‘’Ya se está acabando la Semana Santa y no ha habido ningún muerto’’.
Pero hablemos ahora de la festividad religiosa. En mi pueblo, como en muchos otros lugares, los actos para conmemorar la pasión de nuestro Señor Jesucristo, comienzan desde el Primer Viernes de Cuaresma. En mi terruño son muy concurridos los Viacrucis que se celebran cada viernes por la noche en el atrio de la parroquia. Era tradición que los señores desfilaran en procesión cargando palmas con flores naturales, papel de china, y velas encendidas alrededor de la vieja iglesia. Esto resultaba muy emotivo, ya que en la oscuridad de la noche solo brillaban las pequeñas luces que todos portaban en las manos. Eran seis viernes en los que se hacía esta procesión antes de la Semana Mayor, pero desde que la Cuaresma iniciaba la costumbre en los templos católicos era (y sigue siendo) cubrir los altares con lienzos de color morado, en señal de luto en recuerdo del martirio del Señor. El Jueves Santo que es el día en que fue aprehendido Jesús de Nazareth, en aquél viejo atrio se construía una enramada bastante grande para improvisar ahí la cárcel donde permanecerá preso Jesús. Hasta el día siguiente, viernes, cuando lo conducían al Monte Calvario, y tenía el encuentro con María, su madre, antes de la crucifixión . La noche del Jueves Santo la gente se agolpaba queriendo ver y tocar, sí era posible a Jesús encarcelado. A cual más se arrodillaba en la improvisada cárcel, llorando y pidiendo perdón por sus culpas, y más triste hacía el momento el sonido de un tamborcito y una flauta cuya melodía era sumamente lánguida. Todos deseaban tener una reliquia que fuera tocada por Jesús Nazareno. La encargada del Nazareno era y fue por mucho tiempo, la señora Esther Reina. Ella pasaba la noche del Jueves Santo ahí, al pie de la cárcel, velando y cuidando, que las reliquias se repartieran a quienes llevaban su limosna.
El viernes las mujeres nos poníamos de riguroso luto y había dos costumbres que recuerdo mucho, una muy frívola que era la de estrenar por lo menos tres vestidos, uno el jueves, el negro el viernes y el otro el Sábado de Gloria. Y la otra era la del ‘’encuentro’’ (o el ‘’incuentro’’ como le decían varios paisanos). Esto era ahí también en el atrio, como a eso de las once dela mañana. María la madre de Jesús, seguida de María Magdalena y Juan evangelista, que eran las imágenes con que contaba la parroquia, eran conducidas en sentido contrario de quienes cargaban la figura del Nazareno. Y el ‘’incuentro’’ acontecía frente a la puerta mayor. En aquellos años este suceso conmovía grandemente a la comunidad católica, quienes lloraban con verdadero sentimiento, al considerar el inmenso dolor de María, la madre del Salvador.
Por la tarde, cuando ocurría la crucifixión del Señor, todos lo acompañaban hasta el supuesto sepulcro, que es de cristal, y en donde podíamos observar a Jesús ya muerto. Ese viernes era de mucho dolor, más el Sábado de Gloria, ya era todo alegría: los jalones de oreja a quienes se portaban mal; los estirones a los chaparros para que crecieran, la bendición del agua. Pero lo mejor de esto era ese grandioso baile, que se hizo famoso en toda la región.
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